Por Víctor Manuel Cepeda Salas, psicólogo del deporte
En una serie de pista, los corredores suelen acomodarse casi sin hablar. Uno toma la delantera, otro se sitúa detrás y un tercero intenta seguirlos. La distribución puede responder a las marcas y al objetivo de la sesión. Pero, después de repetirla muchas veces, alguien podría dejar de pensar «hoy corro en tercer lugar» y comenzar a pensar «soy el tercero de este grupo».

Una frase describe lo que ocurre. La otra parece decir quién es esa persona y hasta dónde puede llegar.
En el atletismo necesitamos las marcas para comparar rendimientos, planificar y reconocer diferencias reales. El problema comienza cuando confundimos una estimación con un destino y convertimos nuestro puesto actual en una identidad fija. ¿Qué pasa entonces cuando aparece la oportunidad de tomar la punta, seguir a un corredor más rápido o disputar una carrera de otra manera? Puede que la descartemos antes de probarla. También puede que nadie a nuestro alrededor espere que lo intentemos.
La jerarquía de un grupo no se construye únicamente con resultados. Se forma en los lugares que ocupamos durante las series, en los ritmos que se nos asignan, en lo que el entrenador comenta y en lo que los compañeros esperan unos de otros. Para comprender estos procesos, los investigadores Timothy Konoval, Jim Denison y Joseph Mills estudiaron durante una temporada las prácticas de un entrenador universitario de atletismo. Su trabajo propuso mirar el entrenamiento desde una perspectiva inspirada en Michel Foucault. Según los principios de este destacado cientista social, entrenar sería además de una actividad técnica y científica, una relación social en la que se aprende cómo actuar y qué lugar ocupar (Konoval et al., 2019).
Lo que una sesión puede enseñarnos sin decirlo
En Vigilar y castigar, Foucault (1975) examinó cómo las instituciones organizan a las personas: les asignan espacios, regulan sus actividades, ordenan sus progresiones y coordinan sus acciones. Estas prácticas permiten que una tarea se realice de forma eficiente. Pero también establecen quién ocupa cada lugar, qué conducta se considera correcta y cómo se compara a unas personas con otras. Cuando ese orden se repite, lo esperado puede llegar a parecernos natural: dejamos de preguntarnos por qué actuamos así y comenzamos a creer que no podríamos hacerlo de otra manera.
Foucault estudió, entre otras instituciones, la prisión. Konoval, Denison y Mills (2019) trasladan sus preguntas al deporte sin equiparar una pista de atletismo con una prisión. En atletismo, la disciplina cumple funciones necesarias: permite planificar las cargas, organizar a un grupo y preparar ritmos de competición. El asunto es qué más aprende el atleta cuando se le indica siempre dónde correr, a qué velocidad hacerlo, cuántas repeticiones completar y cuándo terminar. ¿Aprende también a interpretar lo que siente, tomar decisiones y responder a situaciones inesperadas? ¿O aprende, sobre todo, a cumplir lo previsto?
Pensemos en una sesión de pista: los mismos corredores toman la delantera, todos buscan un tiempo prescrito y cada repetición termina donde señala el plan. Nada de eso es problemático por sí solo. Pero si cualquier cambio de posición, ritmo o decisión propia se recibe como un error, la sesión puede reforzar una jerarquía y enseñarle al atleta que su tarea es permanecer en el lugar asignado. Una disciplina que nunca deja espacio para explorar puede terminar aplastando la iniciativa que el corredor necesitará para desafiar a sus referentes y actuar por sí mismo en competición (Konoval et al., 2019).
¿Cómo abrir ese espacio sin perder el propósito del entrenamiento? Konoval y el entrenador con quien trabajó ensayaron cambios en cuatro aspectos de sus sesiones. Cada uno permite reconocer una forma cotidiana de disciplina y preguntarse cómo dar al atleta más oportunidades para percibir, decidir y descubrir lo que puede hacer (Konoval et al., 2019).
- El tiempo: cuando el cronómetro se vuelve juez
«Haz cada 400 en este tiempo». La indicación puede tener una razón fisiológica clara. Sin embargo, si después de cada repetición la única pregunta es si el corredor acertó el parcial, el número comienza a decidir qué cuenta como un buen entrenamiento. Una serie tres segundos más lenta se interpreta como un fracaso, aun cuando el atleta haya regulado mejor su esfuerzo o reconocido una señal que antes ignoraba.
En el estudio, el entrenador y Konoval probaron una sesión en la que los atletas no consultarían sus tiempos mientras corrían. Querían que atendieran más a cómo se sentían. Pero el entrenador continuó cronometrándolos. Aunque los corredores no llevaran reloj, sabían que sus ritmos seguían bajo evaluación. El cambio de consigna no modificó por completo la relación con el tiempo (Konoval et al., 2019; Hutchinson, 2019).
Para un entrenador, la pregunta puede ser: ¿cuándo necesito un parcial exacto y cuándo quiero que mis atletas practiquen la regulación del esfuerzo? Ambas cosas pueden entrenarse. Incluso en una sesión cronometrada cabe preguntar qué sintió el corredor, qué decidió ajustar y qué aprendió que podría servirle en competición. El tiempo registrado ofrece información; no tiene por qué ser la única voz que interprete lo ocurrido.
- El espacio: cuando una posición se convierte en «mi lugar»
La distribución del grupo también transmite expectativas. Si los mismos atletas van siempre delante, los demás pueden acabar entendiendo que su función es seguirlos. No hace falta que el entrenador anuncie una jerarquía: basta con que ciertas posiciones se repitan y rara vez se cuestionen.
Konoval y el entrenador alteraron las salidas de una sesión de repeticiones para modificar esas relaciones habituales. En algunos tramos, quien normalmente perseguía debía correr por delante; quien solía liderar tenía que alcanzarlo. La intención era crear experiencias que el orden acostumbrado no permitía. El estudio muestra, además, lo difícil que resultó sostener ese cambio cuando reaparecieron algunas de las agrupaciones de siempre (Konoval et al., 2019; Hutchinson, 2019).
No se trata de enviar a un corredor a un ritmo para el que aún no está preparado. Se trata de preguntarse si tiene oportunidades apropiadas para ensayar otros papeles. ¿Puede marcar el paso de un tramo? ¿Puede iniciar una serie sin depender de su referente habitual? ¿Puede descubrir cómo responde cuando alguien lo sigue? Para el atleta, ocupar otro lugar durante unos minutos quizá no cambie de inmediato su marca. Puede, sin embargo, cambiar una convicción demasiado estrecha sobre lo que le corresponde hacer.
- La progresión: cuando todas las decisiones ya están tomadas
Una sesión prescribe cuántas repeticiones se harán, cuánto durará la recuperación y cuándo habrá terminado el trabajo. Esa estructura permite controlar la carga. Pero si cada decisión llega siempre desde afuera, el corredor puede tener pocas ocasiones para practicar cómo evaluar un esfuerzo en desarrollo.
En uno de los ejercicios del estudio, los atletas pudieron decidir cuántas repeticiones realizar. La mayoría eligió el número que habitualmente se les indicaba. El episodio admite distintas interpretaciones: detenerse allí pudo ser una decisión sensata para algunos. Lo que vuelve interesante la experiencia es otra pregunta: cuando se abre un espacio para elegir, ¿qué criterios usa cada corredor para explicar su decisión? (Konoval et al., 2019; Hutchinson, 2019).
Un entrenador puede crear ese espacio sin pedir que nadie corra hasta el agotamiento. Puede fijar el propósito de la sesión y los límites de carga, y permitir decisiones dentro de esos márgenes: cómo distribuir las repeticiones, cuándo ajustar el ritmo o qué señales justificarían terminar. Detenerse cuando corresponde también es una forma de iniciativa. La autonomía no consiste en hacer siempre más; consiste en aprender a decidir con atención y responsabilidad.
- La coordinación del plan: cuando el atleta solo ejecuta
Foucault también observó cómo se coordinan las acciones de varias personas para alcanzar un objetivo. En un grupo de entrenamiento, alguien diseña la sesión, organiza los papeles y decide cómo debe realizarse. Eso ayuda a trabajar juntos. La pregunta es cuánto espacio queda para que el atleta aporte lo que percibe y participe en la solución de una tarea.
Konoval y el entrenador ensayaron una modificación en un entrenamiento posterior a una carrera. Mantuvieron un volumen de trabajo previsto, pero permitieron que los corredores eligieran cómo distribuirlo. Conservaban un objetivo común y disponían de distintas maneras de alcanzarlo (Konoval et al., 2019; Hutchinson, 2019).
La diferencia importa porque una competición tampoco sigue siempre el guion. Cambia el ritmo, un rival ataca antes de lo previsto o el esfuerzo se siente distinto al esperado. La preparación técnica es indispensable; también lo es practicar cómo responder cuando el plan necesita ajustes. Un atleta que puede explicar sus decisiones y revisarlas con su entrenador llega a la carrera con algo más que instrucciones memorizadas.
También compartimos ideas sobre quiénes somos
Tiempo, espacio, progresión y planificación no actúan por separado. Una posición repetida se refuerza con el ritmo asignado; un comentario del entrenador confirma lo que los compañeros ya esperan; una marca anterior parece explicar por qué alguien nunca toma la punta. Así pueden formarse concepciones compartidas: «él es el que lidera», «ella todavía no está para disputar ese tramo», «yo soy el número tres».
Estas ideas permiten al grupo anticipar cómo entrenará cada uno. Pero debemos poder revisarlas. Cambiar una salida o dar libertad para decidir una sesión no garantiza, por sí solo, que cambie lo que creemos sobre un corredor. Después de una experiencia distinta, importa preguntar qué ocurrió y qué interpretación estamos construyendo juntos. Si alguien toma la delantera y todos lo consideran una excepción que no merece atención, la jerarquía habitual seguirá intacta. Entender esas expectativas compartidas y aprender a revisarlas es la conexión que propongo entre el estudio de Konoval y el trabajo psicológico con atletas y entrenadores.
Hay una segunda parte de esa tarea, más íntima. Un corredor puede escuchar «todavía no puedes» incluso cuando nadie se lo dice: es una conclusión que ha aprendido a repetirse. Desde la terapia de aceptación y compromiso, o ACT, interesa distinguir entre tener un pensamiento sobre uno mismo y ser aquello que el pensamiento afirma. «Soy el tercero» puede ser una idea muy convincente, apoyada en resultados reales, sin ser una definición completa de la persona ni del atleta.
ACT llama yo como contexto a la capacidad de tomar perspectiva y observar nuestras experiencias —pensamientos, emociones, sensaciones y resultados— sin quedar reducidos a ninguna de ellas. El yo como proceso pone atención en lo que estamos viviendo ahora: «aparece el pensamiento de que no puedo liderar», «siento temor», «noto que quiero quedarme atrás». Reconocerlo no vuelve falso el historial de marcas ni elimina las diferencias de preparación. Abre una posibilidad: atender a las condiciones de esta carrera y elegir qué hacer, en lugar de obedecer automáticamente una etiqueta aprendida (Hayes et al., 2006; Association for Contextual Behavioral Science).
Quizá hoy el desafío razonable sea sostener unos metros junto a un referente. Otro día será tomar la punta de una serie. En ocasiones, la decisión más adecuada será conservar el ritmo propio o detenerse por una molestia. Cuestionar una jerarquía no equivale a negar los límites reales; equivale a no dar por definitivos los límites que aún no hemos examinado.
Si eres corredor, pregúntate antes de competir: ¿qué parte de mi plan responde a las condiciones de hoy y qué parte responde al lugar que aprendí a ocupar? No necesitas esperar a que tus referentes se retiren o cometan un error para atreverte a explorar una posibilidad.
Y si eres entrenador, observa una semana de sesiones: ¿quién lidera siempre?, ¿a quién se escucha cuando algo cambia?, ¿qué decisiones practican tus atletas? Una jerarquía puede servir para organizar el presente. También puede cuestionarse, y en algunos casos superarse. Lo importante es que nunca cierre por anticipado la pregunta sobre quién puede llegar a ser un corredor.
Referencias
Foucault, M. (1975). Surveiller et punir: Naissance de la prison [Vigilar y castigar].
Konoval, T., Denison, J., & Mills, J. (2019). The cyclical relationship between physiology and discipline: One endurance running coach’s experiences problematizing disciplinary practices. Sports Coaching Review, 8(2), 124–148.
Hutchinson, A. (2019). What Philosophy Can Teach Us About Endurance. Outside.
Hayes, S. C., Luoma, J. B., Bond, F. W., Masuda, A., & Lillis, J. (2006). Acceptance and Commitment Therapy: Model, processes and outcomes. Behaviour Research and Therapy, 44(1), 1–25. Véase también la explicación del yo como contexto y la flexibilidad psicológica de la Association for Contextual Behavioral Science.
Miércoles 16 de septiembre de 2026



