Race Report – Maratón de Nueva York 2026

Llegué a Nueva York con un objetivo claro: completar mi cuarto major. Estoy en el proceso de lograr las seis majors, así que cada una tiene un peso enorme para mí. Y no era cualquier carrera, porque además sería mi décima maratón. Ese número lo tenía planeado para Lima en mayo, pero una lesión a principios de abril me obligó a bajarme a los 21K. Así que decidí que Nueva York cerraría las dos metas juntas. Por todo lo que significaba, me lo tomé muy en serio, y en julio comencé la preparación.
Aterricé el jueves 29 de octubre y me fui directo a la Expo. Este año se celebraban los 50 años del recorrido por los cinco distritos, así que todo estaba vestido de fiesta, y la ropa conmemorativa me encantó tanto que varias prendas terminaron en mi maleta. El viernes salí a hacer un trote de activación por Central Park y, llegando a la meta, me encontré con una bandera chilena y me saqué unas fotos. Fue como un adelanto de lo que vendría el sábado: el banderazo en Columbus Circle con los chilenos que correríamos al día siguiente, donde compartimos experiencias, sensaciones y los nervios de la previa.
Y por fin llegó el domingo 1 de noviembre. Me levanté cerca de las 3:50 am, después de dormir bastante poco. Uno puede llevar varios maratones encima, pero la ansiedad y los nervios siempre aparecen; ya son parte del proceso. Tomé el bus en la Biblioteca Pública y, una hora después, estaba en la Start Village de Fort Wadsworth, una antigua base militar en Staten Island, a los pies del puente Verrazzano. Ahí regalaban café, donuts y gorros para el frío. Me tomé el cafecito que me había faltado en la mañana y me senté a esperar.
Me tocaba el corral C naranjo, con partida a las 9:10. A las 8:10 abrieron el corral y a las 8:50 empezamos a avanzar hacia la largada. A las 9:05 sonó el disparo de la ola anterior, seguido de New York, New York de Frank Sinatra. Se me puso la piel de gallina. A las 9:10 llegó nuestro turno: otro disparo, otra vez Sinatra, la gente empezó a moverse, caminé unos pasos… y partí.
Crucé la línea de partida y empezamos a subir el Verrazzano, la primera de varias subidas. En el puente solo se escuchaban los pasos de los corredores, y arriba, desde un helicóptero, un camarógrafo que grababa a toda la masa de gente. Varios saludamos a la cámara, y otros se detenían a mitad del puente para sacar fotos. Fue un momento muy emotivo.
Al bajar del puente empezaron los gritos del público, que prácticamente no pararon en toda la carrera. Cerca del kilómetro 13, por Flatbush Avenue en Brooklyn, había un mar de gente animando. Entre eso y los edificios tan característicos de Nueva York, no pude evitar grabar un poco de ese ambiente increíble.
Seguí con buenas sensaciones hasta cerca del kilómetro 25, en el puente Queensboro. Ahí desaparece el ruido de la calle y solo se oyen las pisadas. Con su larga pendiente, las piernas se empezaron a sentir. La recompensa llegó al bajar a la Primera Avenida: otra vez una muralla de gente y un respiro después de tanta subida.
Si hay algo que hace única a esta maratón, es su gente. Hay público en cada esquina, con carteles, música y desconocidos que te alientan como si te conocieran de toda la vida. Esa energía se siente en el cuerpo. Cuando las piernas ya no responden, es la que te empuja a seguir. En Nueva York no corres sola: te lleva toda una ciudad.
Y eso lo comprobé en el kilómetro 35, cuando aparecieron los dolores de piernas y el ritmo empezó a flaquear. Me agarré de los gritos de la gente, y en mi cabeza solo se repetía: “Estás en Nueva York. Es un paso más hacia las seis. Tienes que darlo todo.” Entrar a Central Park se me hizo eterno, pero en el kilómetro 41 pensé: “Ya lo estoy logrando.” Aparecieron las banderas de los países, los últimos metros… y crucé la meta. 3 horas y 33 minutos. Mi alegría fue inmensa.
Unos metros más allá me colgaron la medalla, y no podría haber sido más especial. Es dorada y, alrededor del centro, los edificios de Nueva York forman un anillo que parece un sol. La cinta tiene un estilo setentero, con el logo de los 50 años y los nombres de los cinco distritos que recorrí ese día: Staten Island, Brooklyn, Queens, el Bronx y Manhattan. Es como llevar colgada toda la carrera.
Corro desde niña. En el colegio hacía atletismo en distancias cortas, muy lejos de imaginar que algún día correría 42 kilómetros, y desde 2018 corro maratones. Solo tengo agradecimiento por haber elegido esta distancia, porque me ha enseñado muchísimo. Una maratón no se corre solo el día de la carrera. Se construye en meses de entrenamiento, fondos largos y cansancio, y también en esos días en que uno sale a entrenar aunque no tenga ninguna gana. En ese proceso uno aprende a ser paciente, a escuchar su cuerpo y a levantarse cuando algo no resulta.

Todo eso no se ha quedado solo en lo deportivo. La resiliencia, el esfuerzo y la perseverancia los llevó también a mi vida personal y profesional. Si hay algo que no cambiaría de mi vida actual, es correr maratones. Ya son parte de quién soy.
Si tuviera que resumirlo en una idea, sería que las metas grandes se logran de a poco: un entrenamiento, un fondo largo, un kilómetro a la vez. No hay que ser la más rápida, solo seguir avanzando. Y cuando algo no sale como lo planeaste, la meta no se pierde. A veces solo llega en otro momento o en otro lugar.
Gracias, running. Y gracias, Nueva York, por regalarme mi cuarto major y mi maratón número 10. Ya quedan solo dos para completar las seis.
Andrea Cornejo
Fecha de la carrera: Domingo 1 de noviembre de 2026



