Race Report – Maratón de Berlín 2026
El Maratón de Berlín representaba mucho más que una nueva competencia. Después de haber corrido el Maratón de Santiago durante el primer semestre con molestias, esas dificultades terminaron transformándose en un quiste de Baker, dos tendinopatías en el glúteo y otra en el isquiotibial. Por un momento, la continuidad deportiva y la confianza en mi cuerpo estuvieron en duda.
Sin embargo, gracias al trabajo de dos grandes kinesiólogos, Pablo Lara y Felipe González logré recuperarme. Fueron diez semanas de entrenamiento específico, en las que tuve que volver a construir mi preparación paso a paso. No pude hacer controles de distancia ni participar en carreras previas, por lo que llegué a Berlín sin referencias competitivas recientes.
El plan consistió en ajustar los ritmos de maratón mediante trabajos de calidad y confiar en el proceso diseñado junto con mi coach.
Aunque al principio estaba dubitativo, poco a poco comencé a creer en la preparación. También aprendí que, en esta etapa, la confianza no siempre aparece antes de competir: muchas veces se construye mientras uno avanza.
Llegué a Berlín descansado, pese al viaje previo por Europa, que incluyó España e Italia y bastante caminata.
El día anterior a la carrera decidí cuidar cada detalle. Permanecí descansando en el hotel y realicé una carga de carbohidratos basada en líquidos, pastas y varias rebanadas de pan blanco con mermelada. Cenaba alrededor de las ocho de la noche, intentando llegar al día siguiente con energía y tranquilidad.
La salida y la confianza inicial
El día de la carrera partí desde el corral A. Al comenzar, sentí el calor en el rostro y la energía de la salida. La efervescencia del Maratón de Berlín era impresionante: corredores por todas partes, grupos avanzando a ritmos cercanos a 3:38 por kilómetro y una sensación general de que algo importante estaba a punto de ocurrir.
Me sorprendió ver a corredores más altos que yo (mido 1,83 metro) moviéndose a ese ritmo. Sin pensarlo demasiado, comencé a mimetizarme con algunos pelotones. Esa decisión me permitió encontrar un ritmo estable y protegido, sin tener que luchar constantemente contra el viento o correr completamente solo. El recorrido de Berlín, conocido por ser muy llano y favorable para mantener ritmos constantes, ayudaba a que la carrera fluyera.
Hasta el kilómetro 20 tuve muy buenas sensaciones. Respeté la estrategia de tomar geles cada ocho kilómetros y no me salté ningún punto de hidratación. Todo parecía estar bajo control, pero una maratón siempre exige atravesar momentos de incertidumbre.
El primer quiebre: el kilómetro 26
En el kilómetro 15 comencé a sentir caliente la planta del pie izquierdo. Inmediatamente identifiqué lo que estaba ocurriendo: probablemente aparecería una gran ampolla. Y así fue. Con el paso de los kilómetros, la ampolla traspasó varias capas de piel y se convirtió en una molestia importante.
Aun así, mi respuesta mental fue clara: nada me detendrá.
No se trataba de negar el dolor, sino de impedir que este tomara el control de la carrera. Lo reconocía, lo aceptaba y continuaba. Esa misma actitud sería fundamental más adelante.
En el kilómetro 26, después de beber agua, bajé durante algunos segundos el ritmo y apareció la primera sensación de paranoia mental. Fue breve, apenas unos segundos, pero suficientemente clara como para reconocerla. Como psicólogo, había entrenado previamente este tipo de situaciones. Cambié rápidamente la cognición por un pensamiento racional y positivo, sin entrar en una lucha innecesaria con lo que estaba sintiendo.
Me dije que era una reacción pasajera, que el cuerpo estaba atravesando un momento exigente y que debía continuar con el plan. La sensación desapareció casi de inmediato.
Tengo la impresión de que el kilómetro 26 fue un punto de inflexión para muchos corredores. En ese tramo vi cómo algunos comenzaban a perder ritmo o a mostrar señales de desgaste. Afortunadamente, pude salir rápido de ese estado mental y recuperar la concentración.

El dolor inesperado
Pero la ampolla no fue el único problema físico de la carrera. Desde el kilómetro 16 comencé a sentir un roce muy incómodo provocado por la calza. La costura rozaba uno de mis testículos y el dolor fue aumentando progresivamente. Intentaba bajarme la calza para evitar el contacto, pero después de algunos minutos el roce volvía a aparecer.
En determinados momentos me tocaba y sentía sangre. Al principio pensé que quizás la herida no sería tan grave, pero con el paso de los kilómetros comencé a asumir que podía terminar con una lesión importante. Cerca del kilómetro 28, la molestia se volvió todavía más intensa.
Tuve que aceptar ese dolor como parte de la carrera. No podía eliminarlo, pero sí podía decidir cómo responder.
Continué concentrado en avanzar, alternando entre ajustar la ropa cuando era posible, controlar la respiración y repetir la misma consigna que me había acompañado desde la ampolla: nada me detendrá.
Al llegar a la meta y cambiarme de ropa, comprobé que la herida era realmente severa: había sangre, irritación y una lesión muy dolorosa. Fue otro recordatorio de que una maratón no siempre se gana porque todo sale perfecto, sino porque uno consigue seguir avanzando pese a lo que aparece en el camino.
La carrera comienza en el kilómetro 34
Antes de la carrera había preparado mentalmente un momento específico: el encuentro con mi familia en el kilómetro 34. Mi frase era: “En el kilómetro 34 recién empieza mi carrera; lo demás es calentamiento”.
Cuando finalmente los vi, ocurrió algo especial. La preparación mental dejó de ser una idea y se convirtió en una experiencia concreta. Ver a mi familia me dio una energía enorme. Ellos no pertenecen al mundo del running, pero viajaron, se adaptaron a otro país y estuvieron presentes en un momento decisivo para mí. Su apoyo hizo que todo el esfuerzo tuviera todavía más sentido.
Después de pasar por ese punto, comencé a acelerar. En el kilómetro 35 tomé un shock de cafeína y empecé a sobrepasar corredores. Me sentía fuerte y, por primera vez en la carrera, tuve la certeza de que podía cerrar con mucha energía. El cansancio estaba presente, las molestias también, pero mi mente se encontraba completamente enfocada.
Seguí avanzando con buenas sensaciones hasta el kilómetro 41. En ese momento pensé en lo ocurrido en Santiago y me dije que no quería repetir la misma experiencia. Decidí apurar durante el último kilómetro y medio, corriendo aproximadamente a 3:25 por kilómetro.
Ese cierre fue una forma de demostrarme que había aprendido de la carrera anterior. No quería limitarme a sobrevivir los últimos kilómetros: quería competirlos.
La llegada
Jamás sentí el muro ni una sensación de colapso. Durante la carrera se me salió una uña del pie izquierdo, la ampolla se había convertido en una herida importante y llevaba una lesión muy dolorosa producto del roce. Sin embargo, cada vez que aparecía una nueva dificultad, volvía al mismo pensamiento: Nada me detendrá.
Crucé la meta muy entero. Después caminé bastante para encontrarme con mi familia. Cuando finalmente nos abrazamos los tres, sentí una felicidad difícil de describir. Ellos ya sabían que lo había logrado; yo también lo sabía, pero necesitaba compartir ese momento con ellos.

La carrera había terminado, pero el resultado era mucho más que un tiempo o un nuevo récord personal. Era la confirmación de que había podido regresar después de una lesión compleja, confiar en un plan sin controles previos y competir con inteligencia cuando aparecieron momentos de duda y dolor.
Estoy profundamente agradecido de mi cuerpo, de mi preparación mental, de mis kinesiólogos Pablo Lara y Felipe, de mi coach y de mi familia. Esta fue mi tercera maratón y también mi tercer récord personal. Cada carrera me ha enseñado algo distinto, pero Berlín me dejó una lección especialmente importante: la preparación física permite llegar a la línea de partida, pero la combinación entre la mente, el trabajo específico y la capacidad de adaptarse permite llegar hasta la meta.

Siento que me estoy consolidando en la distancia. Y creo firmemente que, al combinar la psicología con todas sus herramientas, el entrenamiento físico y el acompañamiento adecuado, se puede llegar muy lejos.
Jeamvier Alonso
Fecha de la carrera: Domingo 27 de septiembre de 2026



