Nico Pavez: “Boston me tapó la boca. Es espectacular / Santiago es encontrarte con gente a cada rato”#MaratondeBoston2026 #MaratondeSantiago2026 #RaceReport

Doble Race Report del Maratón de Boston y Maratón de Santiago 2026. Dos maratones en 6 días y ambos sub 2:50

Nunca me mató la idea de las Majors. Venía de una experiencia en el Mundial 70.3 que no disfruté nada y no quedé con la mejor sensación. Pero después de Santiago 2025 algo cambió; mis amigos del equipo, los que corren de verdad, me empezaron a taladrar la cabeza con que Boston era otra cosa, que la mística era real y que tenía que vivirlo. Al final me piqué y me armé un plan que me daba hasta miedo: correr Boston y Santiago en una semana, buscando bajar las 3 horas en las dos. Quería sacudirme un año que venía pesado en lo mental y esta era mi terapia de choque.

Llegué a Boston con la idea fija de cuidarme: dormir harto, comer bien y no volverme loco pero conocerlo todo. El día antes fui a ver a los Celtics en playoffs y el ambiente ya era distinto; todo el estadio tomando cerveza y yo ahí… bueno, mostrando la hilacha como buen chileno en estadio fuera de Chile. Igual traté de mantener cierto control.

Ya en el día de la carrera, hay que dejar la bolsa en meta y caminar al parque para que nos trasladen a la partida.

Fui con Ricky, que ya se conocía el cuento de memoria, y me ayudó a no estresarme con nada.

Después nos subieron a los furgones escolares amarillos típicos de película y al mío le fallaba la marcha. La conductora iba concentrada manejando y yo, mientras el bus tiritaba entero en cada subida, pensaba: “Dios mío, dame un día tranquilo”. Llegamos últimos, en una caravana eterna, pero llegamos.

El día de la carrera fue una locura desde el principio. Nos dejan en un colegio donde hay de todo para los corredores. Gente más ansiosa dejó sus mantas instaladas como campamento; nosotros tirados en el piso, tratando de descansar lo que se podía antes de la partida. Yo tenía el número 3257 y me había puesto una misión media absurda pero motivante: llegar antes que ese número a la meta.

Ahí también me cayó otra teja: seguía siendo el más “gordo”. Y en verdad a nadie le importaba cuánto corría yo. Cada uno estaba en su mundo. Era simplemente disfrutar mi primer Major.

La carrera no te suelta nunca. Es un sube y baja constante que te va comiendo de a poco. Ya en el kilómetro 12 sentía calambres y fue como: ya, esto no es lo que esperaba. Ahí tomé la decisión de soltar la pelea con el reloj y empezar a disfrutar lo que quedaba.

Me puse a hacer cálculos entre millas y kilómetros para distraerme —técnica que me enseñó Hugo Catrileo—, ir cambiando unidades. Y además buscaba siempre la línea central de la calle, porque tengo una pierna más corta que la otra y el bombeo del pavimento me termina pasando la cuenta.

En el kilómetro 21 empecé a preparar el cuerpo para las Newton Hills. Me comí un gel con cafeína, subí un poco la hidratación y armé el plan: como soy un corredor relativamente pesado, la idea era no morir en la subida y mantener la percepción de esfuerzo. Son cuatro cuestas pesadas entre el 25 y el 31. Dejé que el grupo en el que iba se alejara un poco, pero al terminar la tercera subida ya les había «dado caza» a casi todos. Solo quedé con un colega español, pelado, y ahí nos fuimos apretando juntos en todo lo que quedaba de bajada, cuando por fin salió el bendito cartel de que habías sobrevivido a las colinas.

El ruido era brutal. De verdad, por momentos molestaba de lo fuerte que gritaba la gente.

Y después vino el momento más duro.

Kilómetro 38. Venía saliendo de uno de esos griteríos gigantes cuando se me disparó el pulso. De golpe. Y ahí me di cuenta de algo peor: no tenía aire. Respiraba profundo y la nariz completamente cerrada, como si no hubiera por dónde meter más oxígeno. El cuerpo iba, pero el aire no alcanzaba.

Y lo único que pensé fue: carpa médica.

No parar. Llegar.

Bajé un poco el ritmo, habrán sido 15–20 segundos por kilómetro, y me empecé a repetir lo mismo en loop: la meta, la meta, la meta está la carpa médica. Era eso o nada.

Fueron de los pocos momentos donde no lo pasé bien, pero también sabía que ya estaba adentro. Que no podía quebrarme ahí.

Doblé en la última curva, la misma que había visto el día anterior trotando suave, y ahí cambia todo. La recta final es enorme, abierta, llena de gente… y es imposible no pensar en lo que pasó ahí, en el sector de las explosiones de la Boston Marathon bombing. Se te viene encima igual.

Y en vez de bajarme, me subió más la adrenalina.

La única salida era seguir corriendo.

Crucé en 2:45 y ahí lo entendí: Boston me tapó la boca. Es espectacular.

Volví a Santiago con cambios de vuelo y un cupón de 12 dólares de Delta, pero el jueves ya estaba retirando el kit y, contra toda lógica, me sentía bien.

El domingo partí a la meta con varios Greyhound, conversando, relajado y comparando estrategias antes de que dieran las 7:40. Salí cuidando el isquiotibial, sin volverme loco, pero esperando el momento. OJO, que la gente en Santiago parte muy rápido. Me sentía algo incómodo, desencajado, hasta el kilómetro 12. 

Ahí pasé por la activación de Red Bull y estaba el Pelado, «la voz del deporte«, animando con todo. Me gritó por el micrófono como si yo fuera por el récord de las 2 horas, contando que venía llegando de Boston hace nada y que estaba realmente loco. Todo en orden hasta cuando di la vuelta pasado el 21km y empecé a subir por Grecia, me di cuenta de que tenía piernas. De verdad. Empecé a pillar gente, una tras otra, y me tiré a la pista central para no ir saltando, para ir firme, derecho. Ese fue el punto de quiebre.

Y llegó la rotonda Grecia.

Después, pasando por Plaza Egaña, sabía que estaban la Caro con la Pascu. Iba listo para soltar la botella y escuchar el grito… pero a lo lejos aparece Benja, que había hecho un Everesting el día anterior, con un cono en la mano gritando: “¡vamos Nico, vamos Nico!”.

Y empiezo a mirar y están todos. Pablo, el Toti, los del Greyhound. Más allá una banda. Era una locura. Otros GH sabían que venía de Boston. Rafa, Lyn… y de la nada aparece Matías Bernales, gritando “Vamos mi niño hermoso”.

Son de esos momentos que después recuerdas y todavía se te paran los pelos.

Más adelante, en Escuela Militar, cuando ya no había tanta gente, fui yo el que empezó a pedir ruido: “¡ya po, griten, griten!”. Y de repente escucho a la Eli: “¡vamos Nico!”. Está en un video que me encanta, con ella, su novio, la Caro y el Mati que me sacó tremenda foto… y ahí entiendes todo.

Santiago es eso. Es encontrarte con gente a cada rato. Gente que te empuja, que te anima, que te dice que estás loco, que sí puedes.

Y en medio de todo eso me cayó la teja: esto no es solo físico.

El año pasado estaba mejor preparado. Más fino.

Este año venía más cargado, más desgastado… pero lo estaba disfrutando mucho más. Y además, corriendo más fuerte.

Busqué el split negativo, me solté, y terminé metiendo 2:48. Un minuto más que el año pasado.

Probablemente hoy mi umbral está 15–20 segundos más lento que antes, pero ejecuté mejor. Más constante.

Había soltado la pista por la trotadora para dormir más y tratar de recuperarme. Incluso durante el viaje hice lo que pude… y aun así, salió.

Y eso es lo que más me queda: que al final, no todo es físico.

Ahora tengo los pasajes para Mendoza ahí mismo, y sé que el cuerpo da para ir a buscar la tercera. Pero la madurez también es saber cuándo parar.

Este desafío era para recuperar las ganas, para salir de un año pesado, no para romperme.

Me quedo con esto.

Dos maratones en una semana. Dos sub 2:50.

Y, por primera vez en mucho tiempo, disfrutando cada kilómetro.

Mendoza queda para la próxima.

Este ciclo se cierra así. En lo más alto.

Por Nicolás Pávez Gutiérrez

Fechas de las carreras: Lunes 20 de abril de 2026 (Boston) y Domingo 26 de abril de 2026

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