Menos de 2 horas: cuando el cuerpo avanza… y la mente redefine el límite#MaratondeLondres2026 #RunchileArtículos #SabastianSawe

Por Víctor Cepeda

El 26 de abril de 2026, en la Maratón de Londres, Sebastián Sawe cruzó la meta en 1:59:30. Por primera vez en la historia, un ser humano bajó de las dos horas en una competencia oficial. Durante décadas, esa barrera operó como algo más que un registro estadístico. Fue una referencia compartida, una frontera simbólica que organizaba lo que atletas, entrenadores y científicos consideraban posible. No era solo un número: era una idea de límite. Y cuando una idea de límite cae, no cambia únicamente el resultado. Cambia la manera en que entendemos el rendimiento.

Generada por IA

A primera vista, podríamos explicar este hito desde factores ampliamente documentados: avances en zapatillas con mejoras en economía de carrera (Hoogkamer et al., 2018), estrategias nutricionales que alcanzan ingestas cercanas a 115 gramos de carbohidratos por hora (Jeukendrup, 2014), un pacing cuidadosamente regulado y volúmenes de entrenamiento extraordinarios. Todo eso es cierto, y forma parte de la historia.

Pero este hito no emerge de la nada. Más que una ruptura abrupta, parece la consecuencia de un sistema que llevaba años desplazando progresivamente sus propios límites. La tecnología, la nutrición, la ciencia del entrenamiento y la profesionalización del alto rendimiento no solo avanzaron: fueron erosionando, poco a poco, la idea misma de que las dos horas eran inalcanzables. Y en ese punto, la pregunta deja de ser solo fisiológica, pasa a ser también psicológica.

El modelo psicobiológico del rendimiento propuesto por Samuele Marcora (2008, 2009) plantea que el límite en tareas de resistencia no está determinado exclusivamente por la fatiga fisiológica, sino por la percepción de esfuerzo y la disposición a tolerarla. Dicho de otro modo, el rendimiento no termina cuando el cuerpo colapsa, sino cuando el esfuerzo percibido supera lo que estamos dispuestos —o capaces— de sostener. Desde esa perspectiva, los avances “no psicológicos” adquieren una nueva dimensión. Ya no se entienden solo como mejoras externas al deportista, sino como moduladores directos de su experiencia interna durante el esfuerzo. 

Las zapatillas ultralivianas, por ejemplo, no solo mejoran la eficiencia mecánica; reducen el costo energético relativo de cada zancada. Esto implica que, a una misma velocidad, el organismo opera más cerca de un estado “controlado” que de uno “crítico”. En términos psicobiológicos, esto se traduce en una menor señal de esfuerzo percibido. No es solo que el atleta gaste menos energía: es que siente que el esfuerzo es más sostenible, ampliando el margen en el cual puede seguir tomando la decisión de continuar (Hoogkamer et al., 2018; Marcora, 2009).

Algo similar ocurre con la nutrición. La disponibilidad de carbohidratos no solo alimenta el músculo, sino que actúa como una señal para el sistema nervioso sobre la viabilidad de sostener la tarea. Cuando esa señal es suficiente, la percepción de fatiga tiende a incrementarse de forma más gradual; cuando es insuficiente, el sistema anticipa riesgo y eleva el esfuerzo percibido como mecanismo protector (Noakes, 2012; Jeukendrup, 2014). En ese sentido, alimentarse durante la carrera es también una forma de regular la interpretación que el cerebro hace del esfuerzo.

El pacing, por su parte, permite algo igualmente relevante: organizar la experiencia en el tiempo. No se trata solo de distribuir energía, sino de evitar que el esfuerzo percibido alcance niveles intolerables demasiado pronto. Un ritmo bien gestionado no solo optimiza el rendimiento fisiológico, sino que preserva la posibilidad psicológica de seguir (Smits et al., 2014).

Y el entrenamiento de alta carga, finalmente, no solo construye un cuerpo más preparado, sino un sistema más familiarizado con la incomodidad. La repetición de estados exigentes no elimina la fatiga, pero sí transforma la relación con ella. Se desarrolla una capacidad de sostener la acción aun cuando la experiencia interna se vuelve intensa (Pageaux, 2014).

Visto en conjunto, estos factores no eliminan el esfuerzo ni el malestar. Correr un maratón en menos de dos horas sigue siendo una experiencia extrema. La incomodidad no desaparece. Lo que cambia es algo más sutil —y más determinante—: la capacidad de sostener esa experiencia sin que se vuelva conductualmente limitante. Quizás por eso uno de los elementos más llamativos de la carrera de Sawe no fue solo el tiempo final, sino la forma en que lo logró. Su segunda mitad fue más rápida que la primera (59:01 frente a 60:29) rompiendo con la narrativa clásica del maratón como una lucha por resistir el inevitable deterioro. Aquí no hubo simplemente resistencia al colapso, sino una capacidad de seguir avanzando —e incluso acelerar— en condiciones donde, históricamente, el cuerpo y la mente pedían detenerse. Además hay un detalle que vuelve este hito aún más significativo. No fue solo Sebastián Sawe quien rompió la barrera. En esa misma carrera, Yomif Kejelcha registró 1:59:41, y Jacob Kiplimo cruzó en 2:00:28, ambos por debajo —o al borde— de lo que durante años se consideró un límite infranqueable. Este dato no es anecdótico. Es estructural.

Porque cuando múltiples atletas alcanzan rendimientos de este nivel en una misma competencia, la interpretación cambia. Ya no estamos frente a un caso excepcional, sino ante un sistema que ha dejado de organizarse en torno a ese límite. La barrera no fue simplemente superada; fue, en cierto sentido, desactivada.

Esto nos conduce al núcleo del fenómeno. No estamos solo ante un avance fisiológico, sino ante un cambio en la forma en que el rendimiento es percibido, interpretado y enfrentado. Durante años, la barrera de las dos horas no fue solo un límite biológico. Fue también una construcción cultural que organizaba lo que se consideraba posible. Y cuando una construcción de ese tipo se rompe, sus efectos se extienden mucho más allá de quien la supera.

Después de Eliud Kipchoge y ahora Sawe, el mensaje es claro: el límite ha cambiado. Y cuando cambia el límite, cambia el sistema completo. Los atletas crecen sabiendo que es posible. Los entrenadores ajustan sus expectativas. El entrenamiento se diseña desde otra referencia. El cuerpo se entrena distinto cuando la mente deja de considerar absurda una meta y comienza a verla como difícil, pero alcanzable. En psicología del deporte, esto puede entenderse como un cambio en el marco de referencia. Lo que antes era extraordinario deja de percibirse como excepción y comienza, progresivamente, a convertirse en estándar.

Y aquí aparece una pregunta inevitable, profundamente ligada a la historia del deporte: ¿estamos frente a un efecto similar al que provocó Roger Bannister cuando bajó de los 4 minutos en la milla? Cuando Bannister rompió esa barrera en 1954, no solo registró un tiempo histórico, abrió una puerta. En los meses siguientes, otros atletas comenzaron a lograr lo mismo. El límite no era únicamente fisiológico; era, en gran medida, perceptual.

Cuando algo deja de ser imposible, cambia la forma en que se enfrenta. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿ocurrirá lo mismo con el maratón? ¿Veremos en los próximos años una proliferación de marcas bajo las dos horas, no solo por avances tecnológicos o fisiológicos, sino porque el sistema completo ha dejado de organizarse en torno a esa barrera? Si la historia del deporte ofrece alguna pista, lo más probable es que este récord no marque un punto final, sino el inicio de una nueva etapa, una en la que lo extraordinario comience, lentamente, a repetirse.

En ese contexto, surge también una pregunta relevante hacia adelante: ¿qué ocurrirá con el maratón femenino? Si el rendimiento masculino ha mostrado cómo los límites pueden desplazarse cuando cambian las condiciones del sistema, cabe preguntarse hasta qué punto ese mismo proceso —tecnológico, fisiológico y psicológico— permitirá redefinir las fronteras en el caso de las mujeres. Más allá de proyectar tiempos específicos, el punto es otro: comprender que los límites no son estáticos. Se construyen, se sostienen… y eventualmente se transforman.

Y eso nos devuelve a un principio que trasciende el alto rendimiento. No necesitas correr en dos horas para que esto te importe.

Porque el mecanismo es el mismo: tu rendimiento no depende solo de cómo te sientes, depende de cómo respondes a lo que sientes. No necesitas eliminar el cansancio, no necesitas sentirte perfecto, no necesitas estar motivado todo el tiempo, lo que necesitas —y esto es más difícil— es otra cosa: seguir actuando en dirección a lo que importa, incluso cuando la experiencia interna no acompaña, porque el cansancio no siempre es una señal de detenerse, la duda no siempre es evidencia de incapacidad, muchas veces son simplemente el contexto en el que ocurre el rendimiento, por eso, el maratón no cambió solo porque alguien corrió más rápido, cambió porque alguien mostró que se puede seguir avanzando cuando todo indica que deberías parar y eso, más allá del deporte, es profundamente humano, porque el límite no siempre desaparece antes de avanzar. A veces…avanzamos con el límite encima. Y es precisamente en ese espacio donde el rendimiento deja de ser solo físico y se transforma en una expresión de cómo elegimos relacionarnos con nuestra propia experiencia.

Por último, hay además un elemento menos visible pero igualmente relevante en este logro: la gestión de la credibilidad. En un contexto donde el atletismo de alto nivel ha estado históricamente atravesado por sospechas de dopaje, Sawe y su equipo decidieron anticiparse a la duda. En los meses previos, se sometió a un número inusualmente alto de controles, financiados en parte por su patrocinador, con el objetivo explícito de asegurar la transparencia de su rendimiento. No se trata solo de cumplir con un protocolo, sino de intervenir activamente en la interpretación del logro. Como el propio Sawe señaló, quería que, independientemente del resultado, no hubiera espacio para cuestionamientos.

Este gesto no es menor. Porque el rendimiento, en estos niveles, no solo se juega en lo fisiológico o en lo perceptual, sino también en lo simbólico. La confianza —propia y externa— forma parte del entorno en el que ocurre la competencia. Reducir la ambigüedad, anticipar la sospecha y actuar de manera coherente con ciertos valores no mejora directamente el VO₂max ni la economía de carrera, pero sí configura un contexto más estable desde el cual sostener el esfuerzo. En ese sentido, la transparencia también puede entenderse como una forma de preparación: no del cuerpo, sino del significado del rendimiento.

Por Víctor Cepeda Salas

Psicólogo del Deporte.

Martes 12 de mayo de 2026

Referencias (APA)

Hoogkamer, W., Kram, R., & Arellano, C. J. (2018). How biomechanical improvements in running economy could break the 2-hour marathon barrier. Sports Medicine, 48(8), 1739–1750.

Jeukendrup, A. E. (2014). A step towards personalized sports nutrition: Carbohydrate intake during exercise. Sports Medicine, 44(S1), 25–33.

Marcora, S. M. (2008). Do we really need a central governor to explain brain regulation of exercise performance? European Journal of Applied Physiology, 104(5), 929–931.

Marcora, S. M., Staiano, W., & Manning, V. (2009). Mental fatigue impairs physical performance in humans. Journal of Applied Physiology, 106(3), 857–864.

Marcora, S. M. (2010). Effort: Perception of effort during exercise is independent of afferent feedback from skeletal muscles, heart, and lungs. Journal of Applied Physiology, 108(6), 2060–2062.

Noakes, T. (2012). Fatigue is a brain-derived emotion that regulates the exercise behavior to ensure the protection of whole body homeostasis. Frontiers in Physiology, 3, 82.

Pageaux, B. (2014). The psychobiological model of endurance performance: An effort-based decision-making theory. Sports Medicine, 44(9), 1315–1323.

Smits, B. L., Pepping, G. J., & Hettinga, F. J. (2014). Pacing and decision making in sport and exercise: The roles of perception and action in the regulation of exercise intensity. Sports Medicine, 44(6), 763–775.

Comentarios

comments