Lucy Levio: Era la sexta medalla, el cierre del círculo al otro lado del planeta#MaratondeTokio #RaceReport

Race Report Maratón de Tokio 2026

Siempre he sido inquieta, me gustaba el deporte, y en correr encontré un refugio de paz y de introspección. Tras correr los 42km del Maratón de Santiago 2016, buscando principalmente una comunidad, encontré mi club You Can Run, y con él, una revelación: mis tiempos me abrían las puertas de Boston. Ese fue el chispazo. Allí nació el hambre de seguir conociendo el mundo corriendo, de perseguir ese privilegio llamado Six Majors.

Han pasado nueve años. Si intentara escribir la historia de cada maratón, se me acabaría la tinta antes de llegar al final.

Tokio siempre fue el sueño más lejano. Era la sexta medalla, el cierre del círculo al otro lado del planeta. Me había propuesto lograrlo antes de los sesenta años porque la vida, con su peso de responsabilidades y la falta de tiempo y alguna que otra lesión, parecía querer postergar mi cita con la historia.

Me inscribí en la lotería sin expectativas, con la humildad de quien sabe que las probabilidades son bajas. Pero el destino tenía otros planes: «Entrada confirmada». Mi corazón dio un vuelco. Habia que ir!

Aterricé en Japón con el ímpetu de siempre, pero con una sensibilidad nueva. Soy corredora de nacimiento; corro para pensar, para sanar, para encontrarme en el silencio de los kilómetros.

El día de la carrera, la euforia flotaba en el aire del metro hacia el Tokyo Metropolitan Government. Rostros de todas las nacionalidades compartíamos ese fervor que solo nosotros comprendemos. Al estilo japonés, la largada fue un estallido de orden y fluidez. Bajo un frío que calaba los huesos, mi alma estaba encendida: estaba cumpliendo un sueño.

Decidí que esta vez no correría contra el reloj, sino con el corazón. En los primeros kilómetros entre los rascacielos que desafiaban el cielo, mi GPS se perdió, y decidí dejarlo ir. Olvidé la tecnología y me entregué a la ciudad.

Observé a los japoneses: su aliento es sutil, una amabilidad silenciosa y profunda que contrastaba con el bullicio extranjero. El sol, que nos regaló su presencia tras días de amenaza de lluvia, iluminaba el recorrido. En los puestos de hidratación estaba la particular isotónica japonesa, la Pocari Sweat y también había otros con agua pura. En otros puntos había publico enfervorizado y muchas sonrisas de los niños que estiraban sus manos enguantadas para chocar las nuestras.

Observo lugares icónicos al llegar a Asakusa, la majestuosidad del templo Senso-ji y a lo lejos la mirada imponente de la Tokyo Skytree. A la altura del del lujoso barrio Ginza, en el kilómetro 28 aproximadamente, un calambre feroz en mi pie derecho me obligó a detenerme. Una voz japonesa, cargada de una preocupación genuina, me ofreció ayuda. «Estoy bien, voy a continuar», respondí, más para convencerme a mí misma que a ella.

En ese punto, el objetivo de tiempo se desvaneció. El dolor pasó a segundo plano frente a la magnitud del momento. Me detuve a estirar cada cinco minutos, pero también a grabar, a fotografiar, a guardar en mi memoria la Torre de Tokio de color rojo anaranjado en el kilómetro 35. De pronto, un muchacho japonés me aplicó un aerosol milagroso en las piernas; quizás fue el efecto del líquido o quizás la fe, pero sentí que podía volar un poco más.

Los giros de 180 grados de la ruta, que para muchos son un castigo psicológico, para mí fueron impulso: me permitieron cruzar miradas y gritos de aliento con amigos. Esta es una particularidad de la ruta y que la hace muy diferente; es que tiene varios puntos de ida y vuelta porque la ruta transcurre por las mismas avenidas en ambos sentidos.

Al llegar al kilómetro 40, comenzó «el principio del final». Sostener, persistir, resistir. En esos últimos metros, la película de mi vida se proyectó frente a mis ojos. Recordé a la niña que soñaba con conocer lugares remotos; pensé en mi familia, en la que me vio nacer y en la que he formado. Pensé con fuerza en mi hijo, deseando con toda mi alma que él tenga la misma libertad o más, para perseguir sus metas y lograr cumplir sus propios sueños.

De pronto, el arco de los 42.195 metros apareció frente a mí. Al cruzar esos últimos metros, el tiempo se detuvo. Al colgarme estas medallas, comprendí que el verdadero privilegio no fue el viaje, sino el proceso de no rendirse nunca.

Me llevo a casa el metal, pero sobre todo la certeza de que los sueños no se cumplen, se trabajan. Y hoy, con el corazón lleno, puedo decir que “el horizonte siempre pertenece a quienes se atreven a correr hacia él”.

Por Lucy Levio

Fecha de la carrera: Domingo 1 de marzo de 2026

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