Daniça Kusanoviç: “Adiós Maratón… Gracias por tanto”#MaratondeNuevaYork2026 #RaceReport

Race Report – Maratón de Nueva York

El plan original era correr el Maratón de Nueva York en 2025 para luego cerrar mi ciclo de las Six Majors en Tokio.

Sin embargo, el destino y la genética tenían otros planes. En 2024 fui diagnosticada con una artrosis severa y avanzada en ambas caderas, desarrollada a una edad inusualmente temprana. En ese momento la noticia me golpeó: la única salida a futuro es entrar al quirófano para que me coloquen prótesis en ambas caderas. Esa es la razón de peso, la respuesta a los que me preguntan por qué me retiro del maratón. No fue una decisión deportiva; mi cuerpo dictó la sentencia y me obligó a reconfigurar todo mi calendario para tener una última oportunidad de conseguir esa codiciada medalla.

La transición de ser una atleta de alto rendimiento a tener que sobrevivir al asfalto fue brutal, por lo que el proceso de preparación junto a mi querido equipo, el Club Cronos, fue un desafío radicalmente distinto a todo lo que habíamos hecho en años anteriores. Los dolores se hicieron cada vez más agudos y la pérdida de movilidad me obligó a reducir drásticamente el kilometraje, me tocó compensar la carga cardiovascular subiéndome a nuestra “tan amada” bicicleta, priorizando no perder la musculatura que sostenía el impacto de correr y evitando ciertos tipos de entrenamiento que pudieran arriesgar más de la cuenta mi presencia en Nueva York. 

Entrené durante meses con el miedo latente de sufrir una fractura en plena preparación (que fue lo que me dejó fuera el 2025), cuestionándome muchas veces si valía la pena tolerar tanto dolor y someter a mi cuerpo y mi mente a semejante castigo, para poder estar ahí. Afortunadamente nada de eso pasó, pude finalizar mi proceso y tomé mi vuelo hacia Nueva York.

La noche previa fue un ritual íntimo de preparación: ordenar el uniforme, arreglarme las uñas y trenzar mi cabello, una meditación en movimiento para calmar la mente. A las 4:15 a.m. sonó el despertador. Me correspondía tomar el bus de la categoría sub-élite que salía desde la calle 54 y mientras caminaba hacia allá, en medio de la oscuridad, viví la primera escena surrealista de la jornada: me crucé de frente con todos los atletas profesionales de élite que caminaban hacia el mismo sector para abordar los buses de su categoría, confirmando que estábamos a punto de compartir el mismo escenario, una de las cosas más lindas que tiene hermosa disciplina.

El bus arrancó puntual a las 6:45 a.m., regalándonos un amanecer anaranjado espectacular sobre los puentes en el trayecto hacia Staten Island. Al llegar, fuimos trasladados al complejo atlético Ocean Breeze, ubicado a un par de kilómetros de la partida y que además de tener todas las comodidades para la larga espera (alimentación, baños, calefacción, etc) cuenta con una pista indoor increíble. 

Estar ahí, esperando en el mismo recinto con la élite del atletismo mundial, sintiendo esa energía eléctrica de quienes iban a disputar los primeros lugares, ver en vivo cómo Almgren, Kipruto, Mantz, Chepkirui, Obiri, Kiplagat, entre otros, realizaban su trabajo específico de movilidad y calentamiento antes de la competencia, fue un privilegio que me recordó la magnitud histórica de lo que estaba a punto de enfrentar.

A las 08:35 volvimos a subir a los buses, esta vez para ir directo al encajonamiento. Ubicada en el corral azul de la parte superior del puente Verrazano-Narrows, el cañonazo de salida y la típica canción de Frank Sinatra “New York, New York” lo cambiaron todo. Con un sol radiante, el sonido de los helicópteros y miles de corredores a mi lado, la vista era abrumadora. La tentación de salir a devorarse el mundo era inmensa. Pero mi cabeza me exigió frialdad: Nueva York es una carrera traicionera y, con mis caderas al límite, si no controlaba la emoción inicial, la segunda mitad me destruiría.

Los primeros quince kilómetros por Brooklyn fluyeron con el dolor crónico habitual, pero con las pulsaciones controladas. De pronto, el silencio. Al cruzar el barrio judío, la atmósfera dio un vuelco espectacular. Entramos a una zona de silencio sepulcral, donde la multitud desaparecía y el mayor reto era esquivar a los transeúntes que cruzaban la calle con total indiferencia hacia la carrera. 

Esa extraña calma fue el preámbulo para la verdadera prueba psicológica que te espera en el kilómetro 25: el puente Queensboro. Sobre esa estructura de acero no hay público; solo escuchas el eco rítmico de las zancadas y las respiraciones pesadas de los corredores que ya empiezan a romperse. Fue el momento para escanear mi cuerpo y prepararme, comencé a oír a lo lejos nuevamente el sonido del público y al bajar de ese puente y pisar la 1era Avenida en Manhattan, me encontré de frente con una inmensa multitud cuyo rugido me inyectó de vida y energía para seguir con más fuerzas.

Crucé el kilómetro 30 sintiéndome fuerte así que decidí comenzar a apurar, ritmo que pude sostener durante los últimos 2 puentes y la zona del Bronx, pero la verdadera agonía comenzó posterior a la subida por 5ta Avenida.

Pasado el kilómetro 35, mi ritmo colapsó y honestamente no entendía bien el por qué, me demoré mucho en darme cuenta que nuevamente iríamos en subida hasta el kilómetro 39. Al ver el cartel de “Welcome to Central Park”creí que encontraría alivio, pero la pronunciada bajada inicial terminó por confirmar que mis piernas y mis caderas ya no estaban en condiciones de acelerar. Las lomas del parque fueron muy dolorosas; entré en un modo de supervivencia total, sostenida únicamente por el clamor del público y mi propia terquedad. Los últimos 800 metros en subida desde “Columbus Circle” me parecieron eternos, pero finalmente vi la meta, abrí los brazos y la crucé.

En el instante en que paré mi reloj, mi cuerpo dijo basta. Mi cadera izquierda se trancó y me costó mucho dar los primeros pasos para ir a buscar mi medalla de “finisher”, hasta ahí te digo que iba muy estoica (dentro de lo que se podía). Continué caminando a duras penas hacia el sector donde entregaban las medallas de las Six Majors, y ahí ocurrió la verdadera magia. Al ver que venía por esa presea, los voluntarios formaron un pasillo y estallaron en un aplauso ensordecedor. Ahí me quebré. Lloré como una niña, soltando cada gota de miedo, cada entrenamiento con dolor y toda la tensión e incertidumbre acumulada durante años y en particular en este proceso. No era solo un pedazo de metal; representaba mi transformación, la victoria de la voluntad sobre un cuerpo que pedía tregua y el cierre triunfal de mi vida como maratonista antes del quirófano.

Ya en la carpa de los atletas, más tranquila pero aún con los ojos llorosos, abracé simbólicamente en mi corazón a todos los que fueron parte de este camino, familiares, amigos, compañeros de trabajo, a todo el Club Cronos y a mi equipo técnico, les agradecí infinitamente por todo lo que me han entregado estos años y así pude sentir que había

cerrado este hermoso ciclo, para abrir ahora uno nuevo de sanación, sabiendo que las pruebas más duras de la vida, al igual que los puentes de Nueva York, siempre te llevan hacia tu mejor versión.

Daniça Kusanoviç

Fecha de la carrera: Domingo 1 de noviembre de 2026

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