Sol Aravena: “Era un proceso, un viaje, un sueño cumplido en mi primera Major”#MaratondeBoston2026 #RaceReport

Race Report – Maratón de Santiago 2026

El último entrenamiento fue el jueves, a las 6:20 de la mañana. Corrí una hora y media, sin saber que ese sería el cierre de un proceso que me llevaba directo a uno de los desafíos más importantes de mi vida.

La madrugada del viernes comenzó el viaje. Fueron casi 24 horas sin parar: Una larga escala en Panamá, poco descanso y el cuerpo acumulando cansancio. Llegamos a Boston cerca de las 23:30, agotados, pero con esa mezcla de ansiedad y emoción que no te deja desconectar del todo.

Al llegar al hostal nos encontramos con algunos compañeros del club. Uno de ellos nos estaba esperando y nos recibió con una tacita de té caliente. Afuera hacía un frío tremendo, así que ese gesto se sintió como un abrazo. Era justo lo que necesitábamos.

Descansé esa noche lo que pude, porque a las pocas horas ya estábamos en la Expo retirando el dorsal. Y ahí todo cambió. Con el número en la mano, dejó de ser un sueño y se volvió real. La ciudad vibraba distinto, se sentía la historia, la energía, la magnitud de lo que se venía. La magia de Boston ya estaba en el aire… y con ella, los nervios.

No había tenido un buen descanso, y eso rondaba en mi cabeza. Intenté caminar, bajar la ansiedad, pero mis piernas estaban tensas, como si también estuvieran nerviosas, como si supieran lo que se venía.

Llegó el domingo con frío y lluvia. Una nueva incertidumbre: Correr así, con las piernas apretadas… nooo jajaja. Salimos a caminar para soltar, y en una tienda encontré un espacio de recovery. No lo dudé, me dejé sorprender. En la tarde, en el hostal, nos esperaban con carga de carbohidratos —ñam— y luego a dormir. Ya no había más que hacer.

Llegó el gran día: Lunes 20.

Tomamos el bus, dejamos el morral y partimos a Hopkinton, a la villa del atleta. De ahí, directo a encajonar. No quería sacarme la ropa de abrigo: La sensación térmica marcaba -2°C. Me fui sacando capas de a poco: primero el pantalón, luego una panty, una primera capa, el polerón… pero el gorro no fui capaz de sacármelo. Decidí quedármelo y sumar una manta térmica.

Junto a Juan Zavala y Rodrigo Cáceres caminamos casi un kilómetro hacia la largada. De fondo sonaba la canción de Boston y todos coreaban, nos acercábamos a la línea, solté la manta… pero el gorro se quedó conmigo toda la carrera.

Y de pronto, sin darme cuenta… ya estábamos corriendo, fue todo muy rápido.

Corrimos juntos con Rodrigo y Juan hasta el kilómetro 32. Esos kilómetros fueron un vaivén de emociones. Los primeros cinco los usé para asimilar todo: La fiesta, la energía, la locura de estar ahí. Familias afuera de sus casas gritando, bailando, cantando, haciendo asados, ofreciendo agua, comida, buscando un choque de manos. Nunca estabas sola.

Y ahí me hablaba: Sole, relájate. Tu cuerpo va a resistir. Confía en la preparación. Eres fuerte.

Así fui bajando los nervios y confiando en el trabajo de cuatro meses intensos. Empecé a disfrutar cada paso. Aun así, no lo podía creer: estaba corriendo Boston.

Uno de los momentos más épicos fue el “túnel de los gritos”. Venía subiendo de una colina y desde lejos se sentía una vibración. Al acercarme, cerca del km 20, el ruido era ensordecedor: Mujeres gritando con una euforia increíble. Fue un golpe de energía brutal.

El clima tampoco daba tregua: Momentos de sol, luego llovizna, después viento helado. Nunca me saqué el gorro. Fue mi aliado toda la carrera.

Y llegó Newton. Ahí empezaba la parte más temida… y también donde comenzó realmente mi carrera. Fue técnica, exigente, pero respondí. Mis piernas estaban ahí. Mi cabeza también. Salí del km 32 con una sensación clara: lo peor ya había pasado… y aún tenía piernas. Pero me di cuenta que Boston siempre guarda algo más. Algunas colinas seguían apareciendo, pero la gente no te dejaba caer. Entonces fui con todo por ese sueño: Bajar las tres horas. 

En las últimas dos millas puse el corazón completo. Miré el reloj y vi que era posible. Me reseteé con unos choques de manos del público. Corrí como si fuera un 3200 en pista. Y de pronto… la meta estaba ahí.

No me di cuenta cuándo crucé la Finish Line.

Vi a Juan. Nos miramos y dijimos: lo logramos. Y lo abracé con todo. Porque no era solo una meta. Era un proceso, un viaje, un sueño cumplido en mi primera Major.

Agradezco profundamente a mis compañeros, a mi profesor —que es un seco— y, en especial, a mi polola Francisca, por su apoyo incondicional y por ser parte de esta aventura.

Por María Soledad Aravena

Fecha de la carrera: Lunes 20 de abril de 2026

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